On the western facade that leads to its beautiful porticoed gallery, we have the curious feeling of standing before a monumental medieval photo booth, where the diligent stonemasons recorded different faces. Their intentions, though obviously far removed from those administrative traps whose purpose we don't quite understand today—passports—nonetheless hint at the formidable social standing of their time.
We find ourselves on the outskirts of a village called El Arenal, in the somber light of midday, in the solitary Romanesque church dedicated to Saint John the Baptist—the same one who had to diminish so that Christ might grow, and the same one who lost his head for Salome—in whose sculpture we again encounter that hallmark, the mark of stonemasons' guilds. In their sculpture, besides the repetition of certain archetypes, we observe the insistence on finding them interwoven with that mysterious nature, represented by vines and tendrils, a hidden reference, perhaps, to ancient cults, which characterizes the vast majority of the churches we have been highlighting on our route.
In the Church of San Juan, therefore, we encounter once again those familiar biases, represented, for example, by chattering harpies who seem to conspire to stir the desires of a spectator—the superstitious medieval man—mixed with New Testament scenes, some mysteriously vanished and replaced by modern, silent capitals, and also with that precise carving of nature, which, besides being that wondrous environment, full of life, mystery, and myths, contained remedies whose knowledge and symbolism, after all, were not unknown at the time, often constituting the prelude to old folk remedies.
En la portada de poniente que da acceso a su hermosa galería porticada, tenemos la curiosa sensación de encontrarnos frente a un monumental fotomatón medieval, donde los afanados canteros consignaron diferentes rostros, cuyas intenciones, aunque lejos estaban, obviamente, de esas trampas administrativas que hoy en día no sabemos exactamente para qué sirven, los pasaportes, dejan entrever, no obstante, el formidable estamento social de su época.
Nos encontramos a las afueras de un pueblo, de nombre El Arenal, a la taciturna luz del mediodía, en la solitaria iglesia románica dedicada a la figura de San Juan Bautista -el mismo que tenía que menguar para que Cristo creciera y el mismo, también, que perdió la cabeza por Salomé- en cuya escultura, volvemos a encontrarnos esa seña de identidad, que es la huella de unas cofradías de canteros, en cuya escultura, además de la repetitividad de unos arquetipos determinados, observamos la insistencia de volverlos a encontrar entreverados en esa misteriosa naturaleza, representada por unas lianas y unos zarcillos, referencia soterrada, posiblemente, a los antiguos cultos, que caracteriza a la gran mayoría de templos que venimos destacando en nuestra ruta.
En el templo de San Juan, por tanto, volvemos a encontrarnos con esos sesgos familiares, representados, por ejemplo, por unas arpías parlanchinas que parecen ponerse de acuerdo para alentar el deseo de un espectador, el supersticioso hombre medieval, mezcladas con escenas neotestamentarias, algunas misteriosamente desaparecidas y sustituidas por modernos capiteles mudos y también con esa precisa labra de una naturaleza, que, además de ser ese entorno prodigioso, lleno de vida, de misterio y de mitos, contenía remedios, cuyo conocimiento y simbolismo, después de todo, no era desconocido en la época, constituyendo, en muchas ocasiones, el preludio de los viejos remedios populares.
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